Hay mentiras que te destruyen. Y hay mentiras que te salvan.
Lo pongo en cursiva, porque realmente no son mentiras. Son hipótesis. Apuestas. Ideas. Formas de mirar el mundo que no puedes (ni nadie) demostrar del todo, pero que eliges creer y hacer tuyas, porque vivir desde ahí te coloca en un sitio mejor.
Un sitio, por un lado, más fácil de habitar, y por otro, mucho más fértil. Es decir, un sitio desde el cual es posible que crezca algo bueno.
Pero sobre todo, te permiten vivir la vida desde un sitio más útil.
Hoy voy a hablarte de dos de estas ideas o mentiras. Como tú prefieras.
La meritocracia y Dios.
Ya sé que juntar esas dos palabras en el mismo texto puede explotar algún cerebro, ya ves, meritocracia y Dios, pero para mí tienen algo en común: las dos son ideas que, pese a que no puedo demostrarlas ni defenderlas como verdades absolutas, limpias e incontestables, prefiero vivir como si hubiera algo (o todo) de verdad en ellas.
Y el motivo es increíblemente sencillo. Extremadamente sencillo.
La alternativa me parece peor. Mucho peor.
Empecemos.
Meritocracia mis cojones
Últimamente veo mucha conversación sobre esto. Cada vez que alguien consigue algo (un futbolista, un cantante, un empresario o tu vecino), siempre se busca el porqué ese tipo ha triunfado. Y no son una de veinte veces, las que escucho la dichosa frase de meritocracia mis cojones.
Que si tenían contactos, dinero, padrinos, suerte o una mezcla de todo lo anterior.
Y claro que eso existe, sería absurdo negarlo. No todos partimos del mismo sitio. No todos tenemos las mismas cartas.
No es lo mismo empezar la partida de tu vida, en un país donde lo primero es comer y que no te peguen un tiro la nuca, que empezarla aquí en España, que la pobreza es residual, y el nivel de seguridad es elevado (aunque en algunos sitios en España cada vez sea peor).
No es lo mismo tener contactos que no tenerlos.
No es lo mismo crecer en una casa donde se habla de negocios, libros, inversiones o posibilidades, que crecer en una casa donde la vida se vive como una sucesión de problemas que hay que ir apagando.
Todo eso importa, y mucho.
Y por eso entiendo perfectamente el discurso contra la meritocracia. Entiendo la crítica. Entiendo que hay privilegios. Entiendo que hay desigualdad. Entiendo que hay gente que lo tiene muchísimo más fácil.
Lo que pasa es que, después de reconocer todo eso, viene la pregunta importante. No la pregunta teórica. La pregunta práctica.
¿Y qué cojones hago ahora?
Porque una cosa es tener claro que la meritocracia no lo explica todo, y otra muy distinta es convertir esa frase en una hamaca colgada entre dos árboles, sobre la que te tumbas, metes la mano en los huevos, señalas a todo dios que le va bien, y así explicas porque ellos pudieron y tú no.
Eso es muy peligroso, porque desde esa hamaca solo puedes llegar a una conclusión. Una muy peligrosa que, aunque tenga parte de verdad, operativamente te deja muerto:
No merece la pena moverse.
Total, si a fulano le va bien es porque tuvo suerte.
Total, mengano consiguió eso porque tenía contactos.
Total, sotano gana más es porque sus padres ya tenían dinero.
No sé cómo se mira a un hijo, a un proyecto, a un cuerpo, a una relación, a una vida, y se dice: bueno, no puedo hacer nada, no tengo padrinos, ni dinero, ni [inserta aquí lo que quieras] entonces no hago nada.
Me parece una creencia intelectualmente cómoda y vitalmente carísima.
La mentira que quiero creerme
Llámame idealista, o llámame loco, da igual, pero yo decido creer que si haces cosas, tus probabilidades de que te vaya bien aumentan.
Que si haces cosas, pasan cosas.
Y lo curioso es que, con la cantidad de gente que hay mirando, opinando, señalando al que tuvo más suerte, al que nació en una mejor situación, al que recibió ayuda, al que empezó antes… hacer algo, solo hacerlo, da igual si bien o mal, ya es una ventaja competitiva enorme.
No porque vivamos en una meritocracia limpia. Sino porque la mayoría ni siquiera juega la partida.
La mayoría comenta la partida, analiza la partida, dice que el tablero está mal diseñado.
Y seguramente tiene razón, no digo que no, igual el tablero está trucado, pero mientras tanto, hay alguien moviendo una ficha. Y esa ficha, movida durante suficiente tiempo, cambia cosas.
No siempre. No para todo el mundo. No de forma justa. Pero cambia más cosas que quedarse quieto.
La mentira de Dios
Madre mía en qué jardines me meto. Parezco un gorrino macho. Veo un charco, y al barro de cabeza a revolcarme.
¿Crees en dios? Bueno, tanto si es que sí como si es que no, da igual. Esto no va de dios. O sí, no lo sé.
Yo sí creo en dios. Pero digo Dios por ponerle un nombre. Tú llámalo como quieras: Dios, Jesucristo, Alá, Yahvé, Buda, cielo, energía, universo, algo más, lo que te dé la gana.
No quiero hacer aquí una defensa religiosa.
No quiero convencerte de que te apuntes a nada.
No quiero venderte un dogma completo con manual de instrucciones, normas, prohibiciones y merchandising espiritual.
Solo quiero contarte algo personal, que igual te ayuda. O no, quién sabe.
Yo crecí en una familia cristiana. Me bautizaron, hice la comunión, me confirmé… pack completo.
Pero la realidad es que nunca fui practicante, aunque sí creyente (creo) a mi manera.
Es más, creo que durante una etapa de mi vida me coloqué bastante lejos de todo eso. Nunca he llegado al ateísmo, pero sí en esa zona mental de “esto no tiene sentido”.
Supongo que también hay algo generacional ahí. Durante unos años, negar ciertas cosas parecía una forma de inteligencia. Como si creer que Dios existe fuera de ingenuos. De gente poco culta o inteligente.
En los últimos 5-6 años, he leído y escuchado a gente infinitamente más inteligente que yo, incluso del mundo de la ciencia, que no se atreve a negar de forma categórica la existencia de Dios. Bueno, o de algo que nos trasciende. De algo que unos monos venidos a más (como diría Naval Ravikant) no podemos entender.
Y ahí es donde dejo de pelearme.
Porque si gente que me saca años luz no se atreve a cerrar el tema con un “esto no existe”, no sé con qué cara voy a hacerlo yo, que no tengo ni idea de casi nada.
No te digo que tenga una fe clarísima. No la tengo. No sé explicarte a Dios, ni qué hay después de la muerte. Pero hay una parte mucho más de andar por casa que cada vez me pesa más: pensar que esto se apaga y ya está me parece bastante difícil de habitar. Puede que sea verdad. Pero no me ayuda a vivir mejor.
En cambio, dejar la puerta abierta a que haya algo más (aunque mi cabeza no llegue) me coloca en un sitio más tranquilo.
¿Dios y la meritocracia son lo mismo?
Y fíjate que es exactamente el mismo mecanismo que con la meritocracia.
La pregunta deja de ser ¿puedo demostrar esto al cien por cien? y pasa a ser otra mucho más útil: ¿qué hace esta creencia conmigo? ¿Me abre o me cierra? ¿Me pone en marcha o me apaga? ¿Me vuelve más humilde o más soberbio?
Con la meritocracia, creer que aún tengo margen me obliga a moverme. Con Dios, no negar me obliga a vivir con humildad. A no ir tan sobrado. A no comportarme como si mi cabeza fuera el techo del universo.
La primera me saca de la queja. La segunda, de la soberbia.
Si lo piensas bien, al final todos nos creemos algún relato.
Que mañana merece la pena levantarse. Que querer a alguien tiene sentido aunque un día se muera. Que empezar algo merece la pena aunque pueda salir mal.
La vida está llena de actos de fe disfrazados de normalidad. Hasta el más ateo vive sobre cosas que no puede demostrar.
Así que, puestos a elegir el relato, yo me quedo con estas dos mentiras:
Que hacer cosas sirve para algo. Y que quizá hay algo más.
La primera me empuja. La segunda me calma. La primera me recuerda que tengo responsabilidad. La segunda, que no soy el centro del universo.
Y juntas me dejan en un sitio que me parece bastante sano:
Haz lo que puedas, con lo que tengas, donde estés. Sin creerte Dios, pero sin vivir como si nada dependiera de ti.
Puestos a equivocarme, prefiero hacerlo desde una creencia que me ponga en marcha y me vuelva más humilde, que desde una que me deje quieto, quejándome y convencido de que ya lo he entendido todo.
Un abrazo postal,
Fran Lledó