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Ensayo nº 9

¿Qué lentitud quieres conservar?

Hace unos días, un video que vi capturó mi atención al instante. Empezaba más o menos así:

“En el año 49 a.C., los ejército romanos de Julio Cesar avanzaban a razón de 30km al día. En el año 1.800, las tropas de Napoleón avanzaban a la misma velocidad. Un oficial romano, y uno de Napoleon, podrían haberse intercambiado el oficio. En 1865, en la guerra civil americana, un ejército entero ya podía desplazarse 600km/día en un ferrocarril.”

Cuando te paras a pensarlo, asusta.

En los últimos 100 años, el mundo ha cambiado más que en los últimos 2.000. Es una locura.

La curva de adopción de cambios, tiene que dejar de ser lineal y pasar a ser logarítmica, porque es imposible reflejarlo en una gráfica.

La ley de los rendimientos acelerados

Si trasladamos esto a los tiempos que estamos viviendo nosotros ahora mismo, hay un tipo que lo explica muy bien.

Ray Kurzweil es una especie de ingeniero, inventor y ahora filósofo, que le ha dado forma a la Ley de los Rendimientos Acelerados, que básicamente dice que:

No experimentamos 100 años de progreso en un siglo; cada vez experimentamos el equivalente a varios siglos de progreso en apenas unas décadas.

Pero esto no es lo importante de todo esto. Al menos no lo más importante.

Lo que me parece más importante es que el ser humano no ha cambiado un carajo en los últimos miles de años. Al menos no a nivel fisiológico.

Como aquel que dice, hace 4 días estábamos cazando un mamut para poder comer, y hoy, nos estamos planteando cuándo podremos colonizar Marte. No si será posible, sino cuándo lo haremos.

Imagen 1 del ensayo «¿Qué lentitud quieres conservar?»

Durante siglos, la vida humana fue lenta, incluso cuando la historia parecía que estaba loca.

Podían caer reinos, haber invasiones increíbles, forjarse imperios que dominaban el mundo entero, pero el cuerpo seguía desplazándose a ritmos lentos y reconocibles.

El campo y la agricultura eran el centro de la vida. La distancia acojonaba. La información viajaba a caballo o en paloma mensajera. El oficio se heredaba. La experiencia de los mayores todavía se transmitía entre generaciones como una especie de manual de vida para los siguientes.

Todo eso se ha ido a tomar por culo en muy pocos años.

No hace falta irse a generaciones pasadas. Yo mismo lo veo.

Nací en un mundo analógico. Tengo 38 años y soy de los que en el cole empezamos a practicar mecanografía con una máquina de escribir. Sí, así aprendí yo a teclear. Llevando a clase un armatoste infumable que pesaba más que un muerto.

Imagen 2 del ensayo «¿Qué lentitud quieres conservar?»

En solo 25 año he pasado de máquina de escribir a un ordenador gigante, luego a un portátil, a una BlackBerry, a una pantalla sin teclas, y ahora a escribir cada vez menos porque le hablo a unos agentes de IA a los que les suelto mis rollos patateros y ellos lo transcriben.

El pasado ha perdido su valor de predicción.

Ahora te invito a que lo mires desde el prisma de la sociedad y del trabajo.

Un oficio que antes tardaba tres generaciones en cambiar, ahora tarda tres años en cambiar radicalmente, o incluso en dejar de existir.

Por eso tanta gente siente ansiedad, aunque no se atreva a nombrarla.

Es más, me atrevo a decir que muchas veces no es miedo al futuro. Creo que ese no es el problema. Es más, que el pasado, lo que hemos vivido hasta ahora, ha perdido cualquier capacidad o valor de predicción.

Las reglas con las que aprendimos a vivir, a trabajar, a sociabilizar, no sirven. Han cambiado totalmente. No voy a entrar a valorar aquí si son mejores o peores, pero han cambiado.

La importancia de que moleste.

Y además, todo esto se acelera, y en este sentido sí creo que para mal, porque no se limita a automatizar fuerza o cálculo. Entra en zonas que asociábamos con la identidad: escribir, decidir, conversar, diseñar, diagnosticar, enseñar, acompañar.

Cada vez que delegamos una tarea cognitiva, también delegamos una pequeña parte de nuestra fricción interna. Y la fricción, aunque moleste, era una de las formas que teníamos de saber quiénes éramos.

El otro día leía y escribía sobre la mediocridad a escala, y fue un concepto que me fascinó.

En su última newsletter, Justin Welsh decía:

Hagas lo que hagas, ahora puedes repetirlo mil veces sin pensar. Y el resultado es que la persona promedio se ha vuelto más eficiente en ser extremadamente mediocre.

Esta tecnología que tenemos ahora entre las manos, nos está dando la opción de hacer más cosas que nunca. Sinceramente, yo nunca he sido tan productivo. Pero te voy a confesar algo importante. Por más que lo intento, no consigo quedarme satisfecho cuando le pregunto qué debo hacer.

No me acabo de fiar de su criterio a la hora de aconsejarme, de hacer de mentor o de consultor.

Para eso, sigo prefiriendo personas, un millón de veces antes. Básicamente, porque de momento el mercado lo forman personas, y me fío más del criterio de un humano que del de una máquina sin alma, por muy bien entrenada que esté.

El qué vale dinero. El cómo te lo da Claude en dos minutos.

Que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse, y ahí está el gran paradigma.

Cualquier IA es mil veces mejor que yo ejecutando casi cualquier tarea, pero creo que no decidiendo si toca o no hacer esa tarea.

Por eso lleva diciendo muchos meses que la premisa que se nos ha repetido hasta la saciedad en el mundo del marketing y los negocios online de regala el qué y vende el cómo, ahora es todo lo contrario.

El qué es lo que vale dinero, porque el cómo me lo dice Claude en 2 minutos, y además lo hace él.

Y tengo bastante claro que el futuro no será solo una cuestión de herramientas.

Será una cuestión de soberanía personal.

Qué decido aprender aunque una máquina lo haga más rápido. Qué decido escribir aunque una IA pueda redactarlo mejor (este ensayo es un ejemplo de algo que no me da la gana escribir con IA aunque podría hacerlo mil veces mejor). Qué conversaciones no quiero automatizar. ¿Qué parte de mi criterio debe seguir siendo mía incluso cuando delegarlo sea cómodo?

Incluso la que más me va a costar a mí, sin duda… qué lentitud quiero conservar. Lo escribo y me pongo nervioso.

Una relación adulta con la velocidad

Me da la sensación de que el trabajo de nuestra generación no sea competir con la velocidad, sino construir una relación adulta con ella.

No se puede negar la tecnología, o ser un anti-IA, o romantizar el pasado. Me parece un error antológico.

Pero tampoco entregar la conciencia a cada novedad que prometa ahorrarnos esfuerzo.

Y eso sería todo.

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Esto es todo por hoy.

Nos leemos en el próximo.

Un abrazo postal,
Fran

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